Fue el típico regalo de los reyes magos a un niño de 47 años. Valía mucho, tenía unos valores de pata negra, con el paso de los meses comía con nosotros en la mesa, jugaba con los niños, me ordenaba las facturas y me redactaba recursos contencioso administrativos. Era muy suya en las relaciones íntimas, los tachaba de «cerdos». Con esas cualidades a ver quién era el guapo que le metía el cuchillo en nochebuena